Durante años, Granja Tres Arroyos no fue solamente una
fábrica en Capitán Sarmiento: alrededor de la planta se construyeron
vínculos, amistades y rutinas entre trabajadores que llegaron a sentirse
parte de una misma familia. Pero desde la semana pasada, cuando comenzaron a
llegar los 750 telegramas de despidos, la localidad se congeló en el
tiempo y hoy no se habla de otra cosa que de las consecuencias de una crisis
que alcanzó a cientos de hogares. Con el tiempo, la productora de pollos más
grande de la Argentina había generado a su alrededor toda una economía que
dependía, directa o indirectamente, de su actividad. Tras las cesantías, el
comercio se frenó, la vida apacible del pueblo cambió y cientos de familias
perdieron de golpe su principal fuente de ingresos. Para ayudarlos a salir, el
gremio y los vecinos comenzaron a armar una olla popular y bolsones
de alimentos.
Mariano Gómez tiene 41 años y trabajó 23 en Granja
Tres Arroyos. Más de la mitad de su vida. Entró joven. Empezó en empaque,
pasó por el turno noche, trabajó en las cámaras frigoríficas, soportó
temperaturas de varios grados bajo cero y luego fue destinado a otros sectores
hasta terminar en paletizado. Durante todos esos años, la planta fue una
parte estable de su rutina. La fábrica era el lugar al que había que ir aunque
lloviera, hiciera frío o incluso estuviera enfermo. Hasta que esa rutina empezó
a desarmarse. Primero fueron los salarios y el jueves le llegó el
telegrama de despido.
Según cuentan los trabajadores, hace meses que los
pagos habían dejado de llegar normalmente. Una quincena comenzó a
dividirse en cinco cuotas. Después, en diez. Más tarde, algunos recibían
pequeñas transferencias, a veces de $60.000 o $70.000, mientras seguían
acumulándose montos pendientes. Los operarios continuaban entrando a trabajar.
“Nosotros tenemos la política de trabajar. Somos de un pueblo chico”, dice
Gómez. Capitán Sarmiento tiene casi 15.000 habitantes.

El telegrama de despido que le llegó a
los trabajadores
Él y sus compañeros siguieron presentándose todos los días
en la planta, aun cuando no cobraban el sueldo completo o lo hacían en
fracciones. Había cuentas por pagar, alimentos para su familia, alquileres
y una expectativa de que las cosas iban a mejorar en cualquier momento, que
se fue estirando durante meses. Tenían la convicción de que las cosas en algún
momento se acomodarían. No ocurrió.
La jornada laboral también empezó a achicarse. Antes había
que cubrir 9 horas y empezaron a quedar 4 o 5, con suerte. Recuerda que
les explicaban que faltaban camiones con aves vivas. Los trabajadores del
turno mañana descargaban lo que había y los vehículos salían nuevamente para
intentar abastecer al siguiente turno. Hasta que llegó un miércoles en que les
dijeron que no fueran a trabajar. El jueves volvieron a indicarles que no se
presentaran. Algunos trabajadores entraron para terminar tareas pendientes y
vaciar los túneles. El viernes se cortó la electricidad. A partir de
allí toda la ciudad entró en crisis y empezó la etapa de las protestas.
“Si no anda Granja Tres Arroyos acá en Sarmiento, Sarmiento
desaparece del mapa”, describe Gómez, quien agradece que su esposa, Victoria
González (36), que trabaja en el hospital local, ha venido sosteniendo
económicamente el hogar. “El albañil no trabaja, no hay gente que necesita
plomero o electricista. Por más que la necesiten, frenaron todo porque no hay
plata”, agrega. “Pensamos en las otras familias donde era papá el que llevaba
la plata a casa, que era el único ingreso, y hay que pagar un alquiler. O
cuando trabajaban papá y mamá en la empresa y esa familia hoy se queda sin
ningún ingreso”, cuenta González.
El acampe del gremio afuera de la planta
Hay trabajadores que ya tuvieron que dejar la vivienda que
alquilaban. “Uno de mis compañeros llegó a quedarse viviendo en un auto cerca
de la planta”, agrega Gómez. Llevaban meses cobrando de manera irregular. Así
comenzó el pedido de auxilio de algunos trabajadores que buscan dónde mudarse
con sus hijos. Otro que llama a un familiar para preguntar si puede volver a
vivir con él. Gómez habla de irse de Capitán Sarmiento.
Matías Sánchez entró a trabajar el 11 de junio de 2006.
Pasó primero por empaque y luego estuvo deambulando por otros sectores en estos
20 años. También recibió el telegrama el jueves. Calcula que, entre
quincenas adeudadas, aguinaldo y otros conceptos, tienen varios millones de
pesos pendientes de cobro. En su caso, cada quincena rondaba $1,3 millones.
“Terminamos cobrando nada y nos quedó mucha plata adentro”, dice. Él está
convencido de que la situación fue premeditada y habla de un “vaciamiento”.
Milagros Cuello Olmos, referente del espacio Nuevos Aires en
la ciudad, describe familias que acumulan deudas de servicios, alquileres
impagos y tarjetas. Para esta semana, dice que había cerca de 80
situaciones de posibles desalojos por falta de pago. Algunas familias que
habían llegado desde Entre Ríos, Corrientes o Chaco comenzaron a evaluar el
regreso a sus provincias. Otras se están mudando con parientes.
Los comercios también lo sienten. Las ventas
cayeron. “Las empresas de transporte comenzaron a reducir servicios y una
de ellas, tuvo que pagar salarios en dos cuotas”, relata. Según Cuello
Olmos, el equipo de psicología distrital está desbordado por la demanda, ya que
hay chicos que llegan a clase llevando consigo la preocupación que escuchan en
sus casas. Equipos de orientación escolar, psicopedagogas, asistentes
sociales, docentes, iglesias y profesionales del sistema de salud comenzaron a
intervenir. Esa movida social alcanzó a las ollas populares y los bolsones
de alimentos.
La primera empezó con cuatro o cinco vecinos. En el
Sindicato de Trabajadores de Industrias de Alimentación (STIA) comenzaron a
cocinar para quienes no tenían alimentos. Otros llevaron mercadería.
Preparaban viandas para quienes iban a buscarlas, pero también se ocupaban de
acercárselas a quienes tenían vergüenza de ir.
La protesta sobre la ruta que llevaron adelante los
trabajadores
Después otra vecina, profesora de educación física,
reunió gente y organizó una comida en un club de barrio. Los clubes
hicieron jornadas deportivas en las que, en vez de cobrar una
entrada, pidieron alimentos. Frente a la planta, durante las
protestas, hubo noches de guiso, otras de chorizos. Por las tardes
llegaban mujeres con tortas fritas y tortas asadas.
Gómez recuerda especialmente un gesto solidario que duró
años en ese lugar: cuando los trabajadores recibían pollos de la empresa, y
podían hacerlo, solían repartirlos entre conocidos. Ahora, la situación es a la
inversa.
Patricio Medina, delegado de GTA en Capitán Sarmiento y uno
de los trabajadores que quedó al frente de la organización de las acciones
sociales, dijo: “Estuvimos casi una semana en la puerta de Granja Tres
Arroyos. Estuvimos de acampe, en la vigilia, cuidando que no se lleven las
maquinarias”.


El gremio lleva adelante una movida social para ayudar a los
trabajadores
Mientras esperaban respuestas, hicieron ollas populares al
mediodía y a la noche. Cocinaban para los trabajadores que permanecían en
la puerta y para las familias que se acercaban. Ese acto se transformó en una
red de asistencia para quienes ya no tenían un ingreso regular. “Anoche nos
tocó cocinar e hicimos la olla popular nuevamente”, cuenta Medina. Y hoy ya
piensan en repetirla.
Por Belkis Martínez



