El local es pequeño. Funciona detrás de un garage, en un
rectángulo donde todo parece ocupar el lugar justo. De un lado, una mesada de
acero inoxidable sobre la que Igor amasa, estira y rellena cada pieza. Del
otro, una estantería con salsas caseras, mermeladas, limoncellos y otros
productos italianos. Él trabaja casi en silencio. Es metódico, paciente y
sonríe para saludar a los clientes que entran mientras Carolina, su pareja,
recibe los pedidos y responde las preguntas de los que llegan por primera vez
para ver de qué se trata esto que estamos viendo: un pedacito auténtico de
Italia en el pueblo bonaerense de Capitán Sarmiento.
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