En el otoño de 1982, las islas se convirtieron en
el escenario de una de las mayores gestas heroicas de nuestra historia. No
importó la disparidad de recursos, el frío extremo que congelaba los huesos, ni
el aislamiento en medio de la inmensidad del mar. Los efectivos de las Fuerzas
Armadas Argentinas —ejército, armada y fuerza aérea— aguantaron con el pecho al
frente, impulsados únicamente por el amor a la patria y el juramento de
defender la bandera.
Nuestros soldados combatieron con una ferocidad y
una dignidad que despertaron la admiración de sus propios enemigos. Los pilotos
que desafiaron a la flota más poderosa del mundo volando a ras del agua, los
infantes que defendieron cada colina y cada trinchera hasta la última munición,
y los marinos que custodiaron nuestras aguas, demostraron de qué está hecho el
corazón argentino.
Aquel 14 de junio, las armas callaron. El cese al
fuego no significó una derrota espiritual, sino el doloroso final de una
batalla física. Las lágrimas de los jóvenes soldados se mezclaron con la turba
malvinera, no por rendición, sino por la impotencia de ver partir a sus hermanos
de armas y tener que alejarse temporalmente de ese suelo que legítimamente les
pertenece.
Ese día comenzó un regreso a casa que, en muchos
casos, fue injustamente silencioso. Sin embargo, el tiempo se encargó de poner
las cosas en su lugar: hoy la sociedad abraza a sus héroes con la gratitud
eterna que se merecen.
Los verdaderos guardianes de la soberanía no son
los papeles ni los tratados, sino los 649 héroes que quedaron como centinelas
eternos en el cementerio de Darwin y en las profundidades del mar, junto a cada
veterano que camina hoy entre nosotros llevando las cicatrices del honor.
Las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas,
porque están sembradas con la sangre, el valor y la gloria de los mejores hijos
de la patria. El 14 de junio es el día para mirarnos al espejo como nación y
recordar que, en el rincón más frío del mundo, la bandera argentina fue
defendida por gigantes.




