Cuando el mundo parece caerse a pedazos,
cuando siento que nada vale la pena,
cuando la realidad duele,
los miro…
Pasan los años y las cosas no cambian, che.
Ellos y ellas, inmunes, vienen con la misma sonrisa.
Por qué sonríen? Por qué les sigue gustando la témpera,
la espuma, la canción de María Elena?
Uno piensa en el Jardín de Infantes,
ese lugar recóndito donde habita la ternura,
donde el juego es ley,
el cuento es palabra santa,
donde compartir es el lema,
donde agacharse aunque tire la cintura
es parte de todos los días.
Pensamos en el Jardín como si fuéramos,
nosotras, las jardineras,
una especie de hadas madrinas
con delantal a cuadros.
Salvadoras de cuanto problema puede
acongojar a una infancia.
Defensoras a capa y espada
de lo que se teje dentro de cada sala.
Pero no,
hoy me doy cuenta que es al revés.
Que si el Jardín es el lugar donde habita la ternura,
es porque los pibes con su metro y monedas,
son capaces de resetearte el sistema de manera permanente.
Porque en cada uno de ellos y ellas reside la innegociable
posibilidad
de que el mundo hostil, injusto y egoísta,
aprenda las verdades más sencillas,
esas que viven debajo de una mesa mientras comemos la última
galletita del plato.
No no,no somos nosotras las que salvamos.
No somos heraldas heróicas.
Quizá sin darnos cuenta,
cuando elegimos la maravillosa profesión que hoy celebramos,
en el fondo solo fuimos criaturas egoístas,
temerosas y pequeñas,
provenientes del mundo de los adultos,
llegando al Jardín donde un te quiero, te estaba esperando,
y qué alegría verte,
vino a salvarnos para siempre de la miseria humana.
Texto Leila Daleffe
¡Feliz día pequeñas gigantes y temerosas valientes docentes
salvadas por niños y niñas de 0 a 6!
Que nunca dejemos de pensar en la infancia como la
irrevocable posibilidad de cambiar el mundo!
Biblioteca Popular Almafuerte





